
+ Amor condusse noi ad una morte
En medio
de un silencio desierto como la calle antes del crimen
sin respirar
siquiera para que nada turbe mi muerte
en esta
soledad sin paredes
al tiempo
que huyeron los ángulos
en la
tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir
en un momento tan lento
en un
interminable descenso
sin brazos
que tender
sin dedos
para alcanzar la escala que cae de un piano invisible
sin más
que una mirada y una voz
que no
recuerdan haber salido de ojos y labios
¿qué
son labios? ¿qué son miradas que son labios?
Y mi voz
ya no es mía
dentro
del agua que no moja
dentro
del aire de vidrio
dentro
del fuego lívido que corta como el grito
Y en el
juego angustioso de un espejo frente a otro
cae mi
voz
y mi voz
que madura
y mi voz
quemadura
y mi bosque
madura
y mi voz
quema dura
como el
hielo de vidrio
como el
grito de hielo
aquí
en el caracol de la oreja
el latido
de un mar en el que no sé nada
en el
que no se nada
porque
he dejado pies y brazos en la orilla
siento
caer fuera de mí la red de mis nervios
mas huye
todo como el pez que se da cuenta
hasta
ciento en el pulso de mis sienes
muda telegrafía
a la que nadie responde
porque
el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.
Pongo el
oído atento al pecho,
como,
en la orilla, el caracol al mar.
Oigo mi
corazón latir sangrando
y siempre
y nunca igual.
Sé
por quién late así, pero no puedo
decir
por qué será.
Si empezara
a decirlo con fantasmas
de palabras
y engaños, al azar,
llegaría,
temblando de sorpresa,
a inventar
la verdad;
¡Cuando
fingí quererte, no sabía
que te
quería ya!
Amar es
una angustia, una pregunta,
una suspensa
y luminosa duda;
es un
querer saber todo lo tuyo
y a la
vez un temor de al fin saberlo.
Amar es
reconstruir, cuando te alejas,
tus pasos,
tus silencios, tus palabras,
y pretender
seguir tu pensamiento
cuando
a mi lado, al fin inmóvil, callas.
Amar es
una cólera secreta,
una helada
y diabólica soberbia.
Amar es
no dormir cuando en mi lecho
sueñas
entre mis brazos que te ciñen,
y odiar
el sueño en que, bajo tu frente,
acaso
en otros brazos te abandonas.
Amar es
escuchar sobre tu pecho,
hasta
colmar la oreja codiciosa,
el rumor
de tu sangre y la marea
de tu
respiración acompasada.
Amar es
absorber tu joven savia
y juntar
nuestras bocas en un cauce
hasta
que de la brisa de tu aliento
se impregnen
para siempre mis entrañas.
Amar es
una envidia verde y muda,
una sutil
y lúcida avaricia.
Amar es
provocar el dulce instante
en que
tu piel busca mi piel despierta;
saciar
a un tiempo la avidez nocturna
y morir
otra vez la misma muerte
provisional,
desgarradora, oscura.
Amar es
una sed, la de la llaga
que arde
sin consumirse ni cerrarse,
y el hambre
de una boca atormentada
que pide
más y más y no se sacia.
Amar es
una insólita lujuria
y una
gula voraz, siempre desierta.
Pero amar
es también cerrar los ojos,
dejar
que el sueño invada nuestro cuerpo
como un
río de olvido y de tinieblas,
y navegar
sin rumbo, a la deriva:
porque
amar es, al fin, una indolencia.
La muerte
siempre toma la forma de la alcoba
que nos
contiene.
Es cóncava
y oscura y tibia y silenciosa,
se pliega
en las cortinas en que anida la sombra,
es dura
en el espejo y tensa y congelada,
profunda
en las almohadas y, en las sábanas, blanca.
Los dos
sabemos que la muerte toma
la forma
de la alcoba, y que en la alcoba
es el
espacio frío que levanta
entre
los dos un muro, un cristal, un silencio.
Entonces
sólo yo sé que la muerte
es el
hueco que dejas en el lecho
cuando
de pronto y sin razón alguna
te incorporas
o te pones de pie.
Y es el
ruido de ojas calcinadas
que hacen
tus pies desnudos al hundirse en la alfombra.
Y es el
sudor que moja nuestros muslos
que se
abrazan y luchan y que, luego, se rinden.
Y es la
frase que dejas caer, interrumpida.
Y la pregunta
mía que no oyes,
que no
comprendes o que no repondes.
Y el silencio
que cae y te sepulta
cuando
velo tu sueño y te interrogo.
Y solo,
sólo yo sé que la muerte
es tu
palabra trunca, tus gemidos ajenos
y tus
involuntarios movimientos oscuros
cuando
en el sueño luchas con el ángel del sueño.
La muerte
es todo esto y más que nos circunda,
y nos
une y separa alternativamente,
que nos
deja confusos, atónitos, suspensos,
con una
herida que no mana sangre.
Entonces,
sólo entonces, los dos solos, sabemos
que no
el amor sino la oscura muerte
nos precipita
a vernos cara a cara los ojos,
y a unirnos
y a estrecharnos, más que solos y náufragos,
todavía
más, y cada vez más, todavía.